El Penitente

El embarcadero de El Penitente fue la última oportunidad del Puerto de la Cruz de mantener sus exportaciones marítimas tanto a nivel interinsular como internacional. En un momento en que la infraestructura vial de la isla de Tenerife había mejorado notablemente con la construcción de la carretera que unía Santa Cruz con el Puerto de la Cruz, esta ciudad corrió el riesgo de perder definitivamente su actividad portuaria. Es por ello que, aprovechando la visita que Alfonso XIII realizó a la isla en 1906, se le intentó convencer de la importancia de las ampliaciones y mejoras del Puerto Nuevo. Pero el proyecto quedó archivado. Se concibió entonces la idea de llevar a cabo el desembarcadero de El Penitente. Luis Rodríguez de la Sierra Padrón presentó en Obras Públicas un proyecto para la construcción de un desembarcadero en la zona, apoyándose en dos mogotes conocidos como El Rosario y El Penitente. Este proyecto sería aprobado por R.O. del Ministerio de Fomento de 23 de octubre de 1910, y la primera piedra se colocaría con gran solemnidad el 18 de septiembre de 1911. Las obras avanzaron muy lentamente pues, aparte de haberse agotado los recursos económicos, los temporales de invierno rompieron una gran parte de la obra realizada. Además de esto, el estallido de la Primera Guerra Mundial contribuyó a su ralentización. En 1922 los apoderados de Ricardo José Yeoward se dirigieron al Alcalde solicitando autorización para establecer y explotar una grúa en El Penitente, al igual que lo había hecho poco tiempo atrás la Casa Fyffes Limited. Se pretendía con ello agilizar las faenas de embarque de los frutos que tradicionalmente se realizaban mediante barcazas. Finalmente fue en 1926 cuando el alcalde Juan González Sanjuán se dirijió al Ministro de Fomento solicitando permiso para efectuar obras de ampliación y reforma en el muelle-desembarcadero de El Penitente, incluyendo éstas la mejora de los accesos, la instalación de una grúa y la ampliación de la explanada. Estas obras comenzaron en 1928 cuando, aprovechando la visita del General Primo de Rivera y dado el serio problema de financiación que en ese momento tenía el Ayuntamiento, el por entonces alcalde Isidoro Luz Cárpenter solicitó en nombre de la Corporación un millón y medio de pesetas para finalizar las obras, que concluyeron en torno a 1930.